
Juan Crsitóbal Guarello está lejos de ser de mis comentaristas favoritos. Cuando habla noto que lo hace con una suerte de complejo por estar hablando de deportes en lugar de algo más "elevado", y entonces busca seguridad en su memoria y respalda sus comentarios con una sarta de datos que casi siempre son irrelevantes.
Sin embargo, hoy publicó una columna en el diario para el que escribe que me parece bastante sensata. Se llama "Los Códigos", y la pongo a disposición de ustedes:
¿Qué pensará el hincha de Colo Colo
que cada semana compra su entrada e ingenuamente mueve la banderita en la
tribuna? Por lo que hemos visto en estos días, ¿ha existido respeto por ese
candoroso individuo que sacrifica cada mes parte importante de sus ingresos y
puntualmente se los entrega, esperando como retribución un poco de fútbol el
fin de semana?
En esta actividad los papeles están
trastocados. Parece que lo único que vale es "mantener los códigos" y
el insondable mundo oculto tras las puertas del camarín. ¿Y el jetón que paga
la fiesta? Él no tiene derecho a saber nada.
Si un jugador no se entrega al 100%
en la cancha porque está peleado con el técnico hay que guardar silencio. Es
que hay códigos. Si un entrenador alinea un delantero porque tiene
participación con los empresarios, todos mudos. Hay códigos. Si parte del
plantel maneja el camarín a su antojo poniendo y sacando técnicos, nadie hable.
Son los códigos. Si ése y éste no rinden porque pasan de largo todas las noches
y llegan hediondos a piscola a la práctica, prohibido abrir la tarasca. No se
vayan a vulnerar los sagrados códigos.
En Colo Colo hace un rato que un
grupo de jugadores anda con el freno de mano (Gonzalo Jara y Daúd Gazale entre
los apuntados). Por otro lado, el plantel le reprocha a Marcelo Barticciotto el
haber sacado a Moisés Villarroel, y hay enojo porque el DT prefirió traer
jugadores de afuera (los paraguayos, Prieto, Opazo), en desmedro de otros que
estaban identificados con la camiseta y que fueron a préstamo (Lorca, Jorquera,
Meneses). Si esto no bastara, los jugadores, burlonamente, llaman a
Barticciotto "el cantante".
Esto es lo que sé a prueba de
desmentidos, y como no estoy obligado a cumplir códigos propios de
complicidades carcelarias, lo cuento.
Y hay que hacerlo. Colo Colo no
puede vivir bajo un velo de supuestos, silencios y mentiras. Hay accionistas,
hinchas, espectadores que desde su bolsillo pagan la fiesta. Y sólo piden a
cambio la entrega profesional en la cancha. Y esa entrega no es posible si un grupo
de personas, jugadores o cuerpo técnico, suponen que sus pequeñas miserias son
más importantes que el club.
A mí no me importa si éste pololea
con ésa o si el de más allá tira su sueldo en la pachanga y la fiesta. Pero sí
me importa que lo que estoy viendo partido a partido es un espectáculo honesto.
Hay quienes dicen que el camarín es sagrado y me parece bien, pero son esos
mismos que después filtran todo, se hacen los desentendidos cuando estalla el
escándalo y terminan culpando a la prensa. Por supuesto que se hacen los
indignados, pero por dentro se matan de la risa porque lograron su objetivo:
echar al entrenador, por ejemplo.
Los códigos, estos malditos códigos con olor a callejón penitenciario, están pudriendo el fútbol desde adentro. Y esto no ocurre sólo en Colo Colo o el fútbol chileno. Hoy el jugador hace lo que quiere y cuando es pillado en falta grita de inmediato: "Los que me acusan no tienen códigos".
vía Twitter



Comparto absolutamente la visión que ...
Comparto absolutamente la visión que tienes de Guarello como columnista. Leí la columna y parece que está en lo cierto, pero la mayoría de las veces tiene esa culpa de no ser un periodista de temas más intelectuales. Como periodista a veces pasa. Suele ser una tentación. Pero concuerdo con los códigos de camarín. Nosotros pagamos la fiesta.