Como ando reflojo para escribir, comparto con ustedes la columna que Aldo Schiappacasse publicó hoy en El Mercurio y que -obviamente- me representa bastante. Se titula "El equipo pobre" y dice así:
En Colo Colo cohabitan dos crisis. La primera es directiva. Porque los jerarcas de Blanco y Negro han equivocado casi todos los tiros en esta temporada. Vivieron un motín interno provocado por los jugadores -que regalaron un campeonato para botar a Barticciotto- y no sólo no hubo sanciones sino premios: el técnico se fue y los cabecillas fueron ungidos como piezas clave del pretendido despegue.
A comienzos de año se hizo una inversión millonaria para Copa Libertadores, pero erraron en casi todas las apuestas. Los que llegaron a comienzos de año fueron un desastre, que se resolvió... contratando a jugadores calados para el segundo semestre. Se fue un delantero, pues que vengan tres más; nos equivocamos con los centrales paraguayos, entonces traigamos un venezolano; ¿nos falta gente por las bandas?, hay que soltar otra vez la billetera. El asunto es que de esa manera generaron una expectativa desmesurada, ya que no es una transición ni una búsqueda, sino un imperativo: Colo Colo más que ganar tiene que arrasar, y a la luz de los resultados, eso es una quimera.
Es más, para el nivel de inversión más grande de la historia del fútbol nacional, la apuesta técnica debía ser bastante más audaz que la elegida. Si contratas lo mejor del mercado a mitad de año, es porque quieres acelerar de inmediato. Y el proceso albo ha sido exageradamente lento.
Esa es la segunda crisis. La meramente futbolística. Hubo tiempo de sobra para trabajar, para encontrar fórmulas, para conocer al plantel. No puede ser que a la mitad del torneo todavía se viva del ensayo-error, cambiando medio equipo, dibujando fórmulas con y sin Torres, o que no se conozcan las características técnicas o psicológicas de los jugadores. Tocalli se ha demorado más de lo prudente en conocer las teclas del funcionamiento de su escuadra, y lo que es peor, siempre supo que no disponía de plazos amplios. Aún más, con la ventaja de no participar en un torneo internacional, es impresentable un equipo de tamaña envergadura individual con un juego tan insípido, anodino y previsible, donde todos terminan tratando de salvarse a sí mismos.
La culpa no es sólo de la banca, porque las respuestas individuales están lejos del compromiso que requiere el plantel mejor pagado del medio. Pero como nadie puede llamarles la atención a los jugadores en un club donde el camarín manda, los dirigentes están en un laberinto sin muchas opciones: la hinchada está cada vez más ofuscada y el nerviosismo interno crece.
Sin poder cambiar al técnico y sin autoridad frente al plantel al que apoyaron hace apenas unos meses en el más impresentable motín de que se tenga memoria, a la actual directiva sólo le queda echarse a llorar frente a los millones regalados, cruzar los dedos para clasificar raspando a los playoffs (si es que se salvan de la promoción) y apelar una vez más a la billetera. Esta vez para contratar a un asesor externo que tenga el coraje y el conocimiento para resolver lo único que está claro a estas alturas: por la plata que están pagando, el cacharro que tienen da vergüenza.
vía Twitter



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